Hitler murió en Sudamérica en 1962

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«Quien controla el pasado controla el futuro»

Este artículo no habla sobre historia de Montijo ni lo he escrito yo, simplemente he recopilado varios trabajos publicados sobre el mismo tema, porque considero de gran interés que los montijanos sepan la verdad de lo que realmente ocurrió sobre el fin del criminal de guerra Adolf Hitler, donde colaboró directamente el régimen del dictador Franco.

Los vencedores nos han contado siempre la historia como les convenía a sus intereses políticos y hegemónicos. Podríamos poner muchos ejemplos de mentiras fabricadas por los ganadores de las guerras para justificar su dominio.

Hoy traemos un hecho, del que se han escrito ya bastantes libros bien documentados, no se dió a conocer la verdad en su día porque no les interesaba a los vencedores de la II Guerra Mundial, sobre todo a EE.UU. y a Gran Bretaña. Fabricaron un relato para justificar la negociación que hicieron con la cúpula del nazismo.

Hitler no murió en el bunker el día 30 de abril de 1945 como contaron falsamente los vencedores, Hitler consiguió llegar en submarino o avión a Argentina y vivió con Eva Braun, en ese país o en Paraguay, hasta el año 1962 en que falleció con 73 años, sin haber sido juzgado en Nuremberg como otros dirigentes nazis.

Los servicios de inteligencia europeos han sostenido durante años que los servicios secretos norteamericanos y un grupo de jerarcas nazis pactaron la inmunidad de Hitler a cambio de trasladar a Estados Unidos a un millar de científicos alemanes mediante la «operación paper clip« para desarrollar la bomba atómica y misiles.” (Espacio Misterio, 10 de marzo de 2016).

Hitler y Eva Braun llegaron a Canarias con una identidad falsa y con el máximo secreto, acordado previamente con el dictador Franco que quería devolver así la gran ayuda que aquél le dió tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y durante toda la guerra civil.

Eric Frattini: “Basándonos en evidencias documentales que demostrarían que, tanto Estados Unidos con la Operación Paperclip, como Gran Bretaña con la Operación Epsilon, facilitaron la huida de criminales de guerra hacia ambos países (Argentina y Paraguay), no sería del todo disparatado afirmar que algún servicio de inteligencia aliado hubiera preferido cerrar ojos y oídos ante la «conocida» evasión de Hitler.”

El régimen nazi organizó durante la guerra una red de agentes de inteligencia en el continente sudamericano para preparar la huida de los jerarcas si perdían la guerra. Se calcula que unos 7.500 jefes y oficiales alemanes llegaron a Argentina después de 1945, durante la presidencia del general Perón.

La pelicula “Gilda”, estrenada en el año 1946, estaba ambientada precisamente en la vida semioculta de los nazis alemanes exiliados en Buenos Aires. Un elegante casino propiedad de un alemán, pese a estar prohibido el juego, al que iban habitualmente hombres de negocio alemanes. El dueño del casino dirige un trust dedicado a la explotación y venta de tungsteno, se quedó con unas patentes que los alemanes depositaron en sus manos durante la guerra, y que él se negó a devolver una vez acabada esta.

Entre julio y agosto de 1945 personajes como Stalin, Eisenhower o Zhukov pusieron en duda la muerte de Hitler en distintas declaraciones públicas.

El gobierno de Franco y el Vaticano ayudaron a escapar de Europa y de ser juzgados en Núremberg a importantes nazis acusados de genocidio y de crímenes contra la humanidad. Adolf Eichmann, el «arquitecto» del Holocausto, Josef Mengele, el «Ángel de la muerte» de Auschwitz, Franz Stangl, el verdugo de Treblinka, Klaus Barbie, el carnicero de Lyon, John Ivan Demjanjuk, Erich Priebke, Gustav Wagner, Hermine Braunsteiner, Otto Wächter, Walter Rauff, Herberts Cukurs y Erich Rajakowitsch son las «ratas» que escaparon de Europa dejando tras de sí una gran marca de sangre y horror.

En 1947, los gobiernos de las potencias vencedoras de la segunda guerra mundial mandaron al gobierno español una lista de 104 nazis, criminales de guerra muchos de ellos, con datos muy concretos y exactos de actividad y domicilio en España. Era una orden para su repatriación y posible juicio pues, como espías y criminales de guerra que eran.

El gobierno franquista no sólo no movió un dedo, sino que con la complicidad de la Iglesia española dio refugio y amparo a varios de ellos.

Se ha escrito mucho sobre ese teatro macabro que fue la época final de Hitler en el búnker. Desde Los últimos días de Hitler ,de Hugh Trevor- Roper (edición en DeBolsillo, 2003), la investigación del autor-espia británico en 1945 por encargo de los servicios secretos de los Aliados occidentales para confirmar que el líder nazi había muerto y no se había fugado en submarino a Argentina o a una base secreta en la Antártida -el NKVD soviético hizo su propia pesquisa para Stalin, recogida en El informe Hitler (Tusquets, 2008)

El informe Hitler: Informe secreto del NKVD para Stalin, extraído de los interrogatorios a Otto Günsche, ayudante personal de Hitler, y Heinz Linge, su ayuda de cámara. Moscú. (Volumen Independiente) (Español) Tapa blanda – 1 mayo 2008

En mayo de 1945, recién conquistado Berlín, unos agentes de los servicios secretos soviéticos –el temido NKVD– pululan entre las ruinas de la arrasada cancillería del Reich para cumplir una orden secreta de Stalin: averiguar qué ha sido realmente de Adolf Hitler. Ante todo, Stalin necesitaba cerciorarse de que uno de los cuerpos carbonizados hallados en el jardín de aquel edificio correspondía, en efecto, al Führer. Pero el dictador soviético también sentía curiosidad por los métodos que había empleado Hitler para hacerse con el poder y mantener un control tan feroz sobre la población alemana. Los agentes del NKVD pronto descubrieron entre los millares de prisioneros alemanes a dos importantes cautivos, Otto Günsche y Heinz Linge, ayudantes personales del Führer que gozaron de la confianza de éste durante años y que cumplieron la orden final de quemar su cadáver tras el suicidio del dictador alemán. Desde 1946 hasta 1949, Günsche y Linge desgranaron, para el llamado Informe Hitler, los rasgos de la vida privada de Hitler que más podían llamar la atención de Stalin: su relación con las mujeres, la enfermiza dependencia de medicamentos, sus vulgares gustos musicales y cinematográficos o sus burlones comentarios acerca de Chamberlain o Franco. El Informe Hitler también relata, desde una perspectiva inédita, los acontecimientos que pautaron la historia de Alemania desde 1933 hasta el apocalipsis final de 1945: desde la salvaje represión de la disidencia interna, hasta la creación de un estado policiaco o el estallido de la guerra. No obstante, casi la mitad de este documento excepcional, cuya publicación en Alemania suscitó un amplio debate, se consagra al épico relato de las últimas semanas en el búnker subterráneo de la cancillería y a la sobrecogedora descripción de aquella opresiva atmósfera.

Entre finales de la década de 1940 y 1950, el FBI y la CIA documentaron muchas pistas posibles de que Hitler pudiera estar vivo, sin prestarles relevancia. Los documentos fueron desclasificados bajo la Ley de Divulgación de Crímenes de Guerra Nazi (Nazi War Crimes Disclosure Act) de 1998 y comenzaron a publicarse en línea a principios de la década de 2010.


Montaje fotográfico de Hitler por el Servicio Secreto de los Estados Unidos en 1944, para mostrar cómo podría disfrazarse para evadir la captura.

El FBI revela que Hitler no murió en el búnker de Berlín y huyó a Tenerife

Espacio Misterio. 10 de Marzo de 2016.

Hitler habría huído a Tenerife según el FBI Documentos desclasificados por el FBI revelan que Adolf Hitler fingió su muerte en el búnker de la Cancillería de Berlín junto a su esposa Eva Braun al final de la Segunda Guerra Mundial. Ambos habrían huído a la isla Tenerife, en Canarias donde vivieron un tiempo antes de instalarse en Argentina. La sensacional revelación ha sido publicada por el diario londinense «The Mirror» que recoge el testimonio del experimentado agente de la CIA, Bob Baer, director de un equipo de expertos que han analizado 700 páginas de archivos recientemente desclasificados del FBI.

Los servicios de inteligencia europeos han sostenido durante años que los servicios secretos norteamericanos y un grupo de jerarcas nazis pactaron la inmunidad de Hitler a cambio de trasladar a Estados Unidos a un millar de científicos alemanes mediante la «operación paper clip« para desarrollar la bomba atómica y misiles. Entre las pruebas que corroboran esta versión, los investigadores descubrieron que el cuerpo de Hitler encontrado por las tropas soviéticas en el búnker era unos 12 centímetros más pequeño, mientras que en el cráneo el agujero de la bala también era menor de lo que debería de haber sido.

Uno de los documentos señala que «los oficiales del ejército estadounidense en Alemania no han localizado el cuerpo de Hitler ni hay ninguna fuente fiable que certifique que Hitler está muerto«.

Hay evidencias de que tanto Hitler como Braun tenían dobles con los que podían haber montado una perfecta escena del crimen, según apunta John Cencich. ex investigador de crímenes de guerra de la ONU,

Respecto a la estancia de Hitler y Eva Braun en Canarias, la citada comunidad de inteligencia occidental daba por hecho que contó con la aprobación del general Franco, que de esta forma devolvía el favor al dictador nazi por el apoyo militar prestado por Alemania durante la Guerra Civil para derrotar al Ejército de la República. Éste habría sido uno de los secretos mejor guardados por Franco para no indisponerse aún más con la comunidad internacional hasta que se produjo el fin del bloqueo económico y diplomático contra España con la firma en 1953 de los primeros acuerdos militares con Estados Unidos.

¿Murió Hitler en el bunker?

Libro escrito por Eric Frattini.

«No hemos sido capaces de descubrir una pequeña evidencia de la muerte de Hitler». DWIGHT D. EISENHOWER

Iósif Stalin jamás creyó que Hitler muriese en el búnker

INTRODUCCIÓN. Entre la verdad, la leyenda y la ficción

Cuando iniciaba la preparación de la documentación para escribir la novela El Oro de Mefisto en el año 2009 me encontré con los pri- meros documentos que hablaban de una supuesta huida de Adolf Hitler del búnker de la Cancillería en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial. La verdad es que el caso que les hice fue el de simples papeles oficiales que hablaban de una leyenda que ya había oído en innumerables ocasiones y yo, lo único que pensaba era en incluir la huida de Hitler del búnker como una historia secundaria en mi novela, y en el contexto de la ficción. Documentos firmados por personajes como J. Edgar Hoover —director del FBI entre 1935 y 1972—, Dwight D. Eisenhower —gobernador militar de la Zona de Ocupación Aliada estadounidense en Alemania entre mayo y noviembre de 1945—, o el mismísimo mariscal Georgi Zhukov —conquistador de Berlín—, afirmaban que Hitler podría haber es- capado del cerco soviético a la capital del Tercer Reich en abril de 1945.

Mientras creaba la trama de ficción en torno a la huida de Hitler iba encontrándome documentos reales con personajes reales como Hanna Reitsch, Peter Erich Baumgart, Martin Bormann, Heinz Schäffer, Otto Wermuth, Michael Musmanno, Gustav Weler, acto- res que iban conformando una trama cuya realidad superaba sin duda la ficción que estaba creando.

Mucha gente está ampliamente familiarizada con la historia ofi- cial de los «últimos días» de Adolf Hitler, que fue revisada en el cine a través de la producción alemana El Hundimiento (Der Untergang, 2004), dirigida por Oliver Hirschbiegel y basada en el magnífico ensayo del mismo título escrito por el gran historiador alemán Joa- chim Fest. Lo que la gente no sabía era que la «historia oficial» po- día haber llegado a ser una ficción política y que el resultado había sido una historia planificada deliberadamente por las potencias ven- cedoras. Aquí las palabras de Winston Churchill sobre que «la his- toria la escriben los vencedores» nunca habían sido más reales como en lo que a la muerte de Hitler se refiere.

A medida que la guerra llegaba a su fin, el primer ministro Chur- chill y el gobierno británico debían asegurarse de que la historia no iba a volver a repetirse jamás, que no habría ningún resurgimiento del nacionalsocialismo alemán dictando el fin de la historia del Ter- cer Reich. El relato iba a ser tan poco edificante como para empañar permanentemente el prestigio del régimen a los ojos de incluso sus más ardientes defensores. Realmente ni británicos ni estadouniden- ses mostraron interés alguno en el verdadero destino de Hitler. Su único interés radicaba en asignar al líder del movimiento nazi la más innoble salida de la etapa histórica. En este sentido, la imagen del cadáver carbonizado de Hitler en el cráter de una bomba en el jar- dín de la Cancillería como si fuera «basura esparcida», según afirmó Michael Musmanno, juez en los Juicios de Núremberg, funcionaba a la perfección como una metáfora de la consigna del paso del régi- men de Adolf Hitler al «basurero de la historia». Pero si algo he aprendido en mis años como ratón de archivo buscando y rebuscan- do algún documento oficial, es que todo, absolutamente todo queda escrito y que ese escrito algún día será encontrado.

El escritor Umberto Eco, en su magnífico ensayo Confesiones de un joven novelista (2011), habla de la supuesta huida de Hitler des- de un punto de vista muy interesante. Eco afirma:

Así pues, permítanme usar la expresión «verdades enciclopédi- cas» para todos los elementos de conocimiento común que salen en una enciclopedia (como la distancia de la Tierra al Sol o el he- cho de que Hitler murió en el búnker). Doy por ciertas esas infor- maciones porque me fío de la comunidad científica, y acepto una especie de «división del trabajo cultural» por la que delego en per- sonas especializadas la labor de demostrarlas. Pero las afirmacio- nes enciclopédicas también tienen límites. Están sujetas a revisión, ya que por definición, la ciencia está siempre dispuesta a reconsi- derar sus propios descubrimientos. Si mantenemos la mente abier- ta, tenemos que estar dispuestos a revisar nuestras opiniones sobre la muerte de Hitler en cuanto se descubran nuevos documentos […]. De hecho, la circunstancia de que Hitler muriera en un búnker ya ha sido puesta en tela de juicio por algunos historiado- res. Es concebible que Hitler sobreviviera a la caída de Berlín en manos de los Aliados y escapara a Argentina, que ningún cadáver fuera quemado en el búnker o que el cuerpo incinerado fuera de otro, que el suicidio de Hitler fuera inventado por motivos de pro- paganda por los rusos que llegaron al búnker o que el búnker no hubiera existido jamás en absoluto, ya que su localización exacta sigue siendo asunto de debate […]. Toda afirmación relativa a ver- dades enciclopédicas puede, y a menudo debe, ser comprobada en términos de legitimidad empírica externa (de acuerdo con ello, diríamos «facilíteme pruebas de que Hitler realmente murió en el búnker»).

Siguiendo la teoría de Eco, me puse manos a la obra no tanto con el fin de «demostrar» que Hitler huyó del cerco de Berlín como de «poner en tela de juicio» la teoría de su suicidio. En mi búsque- da de esos documentos a los que se refiere el autor de El nombre de la rosa, choqué con más de 3.000 páginas del FBI, CIA, NSA, CIC (Cuerpo de Contrainteligencia Militar), MI6, OSS (Oficina de Ser- vicios Estratégicos), Departamento de Justicia, Departamento de Guerra, Junta de Jefes del Estado Mayor, embajadas de Estados Unidos en Montevideo, Buenos Aires, Caracas, Bogotá y Río de Janeiro, Organización de las Naciones Unidas, KGB y CEANA (Comisión para el Esclarecimiento de Actividades Nazis en Argen- tina). En ellos se hablaba de «la huida de Hitler», «Hitler oculto en Argentina», «Rumores de que Hitler pueda estar en Argentina», «Hitler visto en Bogotá y Brasil», «Informe de Hitler y Eva Braun en Argentina», «Hitler está vivo», «Paradero de Adolf Hitler», «Hitler estaría en España y no en Argentina», «Hitler se nos esca- pó», y un sinfín más de definiciones que cubren diez años de inves- tigaciones, desde el 21 de septiembre de 1945 (supuestamente cin- co meses después del suicidio en el búnker) hasta el 17 de octubre de 1955.

Incluso la Organización de las Naciones Unidas en un documen- to fechado el 3 de mayo de 1948, con el título «¿Está muerto Adolf Hitler?» asegura que, «es deseo de todos los investigadores de las Naciones Unidas responder a esta pregunta. Porque no han podido poner en claro la desaparición del dictador alemán».

Lo cierto es que no debe sorprender la fascinación que despierta —aún a setenta años del fin de la Segunda Guerra Mundial— el nacionalsocialismo y la figura de su Führer, pero sobre todo la más brutal política de exterminio y la más inhumana maquinaria creada para la más horrenda crueldad. Si hoy preguntas a la gente seguro que la mayor parte de ella responderá que la etapa del Tercer Reich fue la época más oscura de la historia, por delante incluso de la Edad Media o la Inquisición.

«Si alguien me viene con reproches y me pregunta por qué no he recurrido a los tribunales de Justicia competentes para juzgar a los culpables, solo puedo decirle que en esa hora yo era el responsable del destino del pueblo alemán, y por ello yo era el Juez Supremo del pueblo alemán», diría el propio Hitler en un discurso ante el Reichs- tag. Hoy cuando han pasado siete décadas desde que el «Reich de los Mil Años» quedase reducido a cenizas, el mundo sigue pre- guntándose cómo pudo Alemania, una nación civilizada compuesta por gentes civilizadas, aceptar sin ningún tipo de resistencia, la cul- pa admitida por un Führer con mucha sangre en las manos. Cómo pudo una nación que había sido cuna de hombres ilustres como Von Humboldt, Beethoven, Mozart, Goethe, Einstein, Mendelso- hn, Schumann, Schiller, Planck o Fichte permitir la barbarie y el exterminio.

Hitler controló el Reichstag, las Fuerzas Armadas, impuso a los medios de comunicación lo que debía decirse y cómo debía decirse, tuvo a Alemania en un puño, a un país de ochenta millones de personas, sin que la mayoría rechistase lo más mínimo por los asesinatos cometidos por un régimen que muchos de ellos apoyaron en las ur- nas. La admisión histórica de que un solo alemán junto con su redu- cida camarilla pudo ordenar la muerte de millones de personas sin hacer uso de la ley y sin provocar la más mínima reacción entre el pueblo alemán, equivale para muchos a una acusación moral, que no judicial, contra la totalidad del propio pueblo alemán.

Michael Musmanno escribió: «Desde Bremerhaven hasta Bres- lau, desde el Sarre hasta Prusia Oriental, he escuchado las palabras: “Nos mintieron”, “Nos engañaron”. Estas lamentaciones no esta- ban injustificadas, la realidad estaba ahí, pero el fraude se podía haber impedido. […] Cada alcalde o concejal, cualquier profesor de universidad o jefe de distrito, y por supuesto, cualquier oficial del Ejército o la Marina, todos eran responsables ante su nación y su pueblo por su fracaso en el cumplimiento del deber» 1. Alemania había quedado subyugada por un Adolf Hitler que excitó al pueblo afirmando que dos millones de alemanes muertos en la Primera Guerra Mundial no podían haberlo hecho en vano. «Alemania no había perdido la guerra. Había sido engañada» dijo Hitler ante una concentración del Partido Nazi en Núremberg.

Para responder a la pregunta de cuál sería el puesto que ocuparía Hitler en la historia, no se precisa ir a demasiadas enciclopedias para encontrar la respuesta que él mismo proporcionó en 1941 en una carta dirigida al Duce Benito Mussolini. «Por encima de todo, Duce, me parece que el desarrollo de la humanidad se interrumpió hace mil quinientos años y es ahora cuando está a punto de retomar su anterior camino», escribía Hitler.

El líder nazi se refería al año 441 cuando Atila, al mando de sus hordas, se encontraba en el punto álgido de su poder como conquistador de naciones más débiles, saqueador de tesoros, ladrón de propiedades privadas, y arrasador de Europa. Atila era el ídolo de Hitler. Hoy día el líder nazi es comparado con el propio Atila, Calígula, Gengis Khan, Kim Il-Sung, Iósif Stalin, o Pol Pot, todos ellos criminales sedientos de sangre y sobre cuyas espaldas recaen el asesinato sistemático de millones de seres humanos.

Lo cierto es que la historia del suicidio de Adolf Hitler y su esposa, Eva Braun, en el búnker de la Cancillería nunca fue considerada como una verdad histórica y ahora, setenta años después, ni siquiera como una verdad documentada. El 1 de mayo de 1945 —un día después del supuesto suicidio de Hitler— el mundo solo pudo oír en la radio alemana este obituario: «Se informa desde el Cuartel General del Führer que Adolf Hitler ha caído esta tarde en su puesto de mando de la Cancillería del Reich, luchando hasta el último aliento contra el bolchevismo y por Alemania». Realmente eran estas las únicas palabras, no confirmadas por evidencias sólidas, que dieron inicio a los rumores y especulaciones que fueron extendiéndose de forma exponencial. Fueron apareciendo diferentes versiones sobre la muerte de Hitler. En primera instancia se hablaba de un Führer muriendo heroicamente en los combates de las calles de Berlín y que su cuerpo fue ocultado por sus fanáticos seguidores. Otra versión es que Hitler fue asesinado por sus propios oficiales en Berlín. Pero la historia más popular es que Hitler consiguió huir del Berlín asediado y que consiguió ocultarse en Paraguay o Argentina, donde vivió junto a su esposa Eva Braun hasta su muerte en 1962, a la edad de 73 años. Si consiguió huir en avión o en un submarino ha sido, y sigue siendo, motivo de amplio debate y es uno de los temas que va a ser tratado en este libro.

Por ejemplo, el 26 de mayo de 1945, Stalin se reúne con Harry Hopkins, enviado especial del presidente Harry S. Truman, y le dice que «Martin Bormann, Joseph Goebbels, Hitler y probablemente Hans Krebs han escapado y están ocultos ahora». Esta misma versión es defendida y repetida por el líder soviético en los siguientes encuentros que tiene con Truman y Churchill. Dos semanas más tarde, exactamente el 9 de junio, es el mariscal Zhukov quien repite la versión de Stalin sobre las dudas en la muerte de Hitler.

Entre el 16 de julio y el 2 de agosto de 1945, el entonces secretario de Estado James Byrnes, mantiene un encuentro casual con Stalin, durante la Conferencia de Potsdam.


Stalin dijo a Truman y Churchill que no creía en la muerte de Hitler

El estadounidense pregunta al líder soviético sobre su opinión con respecto a la posible huida de Hitler. Stalin responde tajantemente: «Yo pienso que Hitler está vivo y es muy probable que se encuentre en España o en Argentina». Si el 4 de mayo de 1945 las tropas soviéticas encontraron supuestamente los cuerpos de Hitler y Eva Braun en el jardín de la Cancillería, ¿por qué era Stalin tan escéptico?

A finales de 1948, todo el material recopilado por la unidad Smersh, el departamento de contrainteligencia del 3.er Ejército de Asalto soviético, cuyos hombres serían los primeros en entrar en el interior del búnker, fue enviado desde Alemania a Moscú, a la Sección de Investigación del 2.º Departamento General del Ministerio de Seguridad del Estado de la Unión Soviética, que se ocupaba de investigar todos los hechos y acontecimientos que rodeaban la muerte de los principales líderes nazis. Documentos, dentaduras de los Goebbels, y las partes más importantes de la mandíbula y los dientes usados para la identificación de los cuerpos de Hitler, Eva Braun y otros, quedaron archivados bajo la clasificación de Alto Secreto.

En 1954, Iván A. Serov, presidente del KGB, transfirió al Consejo de Ministros de la URSS todos los materiales archivados en una sala especial del archivo general del KGB. En 1996, Nikolai D. Kovalyov, director del FSB (Servicio Federal de Seguridad), dio la orden de abrir al público los documentos relativos a operaciones en- cubiertas del KGB, incluyendo la Operación bajo el nombre en código de Archivo. El documento explicaba cómo, en 1970, el entonces todopoderoso presidente del KGB, Yuri Andrópov, ordenó que los restos de Hitler, Eva Braun y otros fueran completamente destruidos. Una unidad especial del KGB sacó los supuestos restos del líder nazi que habían sido enterrados en un cuartel del NKVD en Magdeburgo (RDA) en febrero de 1946, los quemaron y arrojaron las cenizas a las aguas del río Elba, cerca de la ciudad de Biederitz, también en la Alemania Oriental. ¿Pero eran realmente estos los verdaderos restos de Hitler y su esposa?

No existen evidencias forenses ni documentales de que Hitler y Eva Braun muriesen en el búnker el último día del mes de abril de 1945. El famoso fragmento del cráneo de Hitler y de su mandíbula inferior izquierda que se encontraban almacenados por el KGB en Moscú resultaron ser los de una mujer de poco más de 40 años, tras un examen de ADN realizado por una universidad estadounidense. Ni siquiera existía la posibilidad que fueran restos de Eva Braun, cuyo cadáver supuestamente fue incinerado junto al de Hitler en la fosa del jardín de la Cancillería, ya que la esposa del Führer tenía al morir tan solo 33 años. Incluso ahora se ha podido demostrar que la famosa última fotografía de Hitler tomada el 20 de marzo de 1945, en la que aparece acompañado por Arthur Axmann, líder de las Ju- ventudes Hitlerianas y en donde pasa revista a una desarrapada fila de jóvenes combatientes, no es él en realidad. El anciano que toca cariñosamente la mejilla del joven Wilhelm Hubner era un doble de los tantos utilizados por Hitler. La imagen fue analizada por Alf Linney, profesor en el University College de Londres, uno de los mayo- res expertos mundiales en reconocimiento facial y el creador de los mejores programas de reconocimiento utilizados actualmente por las fuerzas de seguridad británica y estadounidense. El resultado de su informe fue que el Hitler que aparece con la gorra calada y embutido en un grueso abrigo aquel martes 20 de marzo de 1945, en el jardín de la Cancillería, no era realmente el Führer.


Última foto de Hitler junto al joven Wilhelm Hubner el 20 de marzo de 1945. Este, supuestamente, no era Hitler

¿Podría entonces ser veraz el memorando fechado el 4 de sep- tiembre de 1944 y dirigido a J. Edgar Hoover, director del FBI, y titulado «Posible vuelo de Adolf Hitler a Argentina»? El documento redactado y enviado a la sede del FBI en Washington por el general David W. Ladd, agregado militar en la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires, es un claro análisis de lo que podría suceder en los meses siguientes a la caída del Tercer Reich. En los párrafos 1, 4 y 5 del documento, Ladd afirma:

Muchos observadores políticos han expresado la opinión que Adolf Hitler podría buscar refugio en Argentina después del colapso alemán. […] Una gran colonia alemana saludable en Argentina proporciona grandes posibilidades para proveer de un refugio a Hitler y sus secuaces. Uno de sus miembros, el conde Luxburg, ha sido mencionado como dueño de un rancho que serviría como refugio. […] Por la naturaleza de algunos planes formulados para el abandono de Alemania en este colapso, es virtualmente imposible sustanciar algunos alegatos en referencia a los nazis en Argentina después de la derrota. Sin embargo, alguna importancia se puede dar al hecho de que Argentina guardó silencio a pesar de todas las acusaciones de que ella serviría de destino final para Hitler después de un vuelo sin parada de 7.376 millas desde Berlín, en un avión construido especialmente o como pasajero en un largo viaje en submarino.

Lo más curioso de todo es que este documento fue redactado casi siete meses antes del supuesto suicidio de Hitler en el búnker de la Cancillería. ¿Es qué los estadounidenses estaban ya alertados sobre los posibles planes de Hitler una vez acaba la guerra y no informa- ron de ello a sus aliados?

Entre el 16 de julio y el 31 de octubre de 1944, varios medios estadounidenses se hacen eco de la misma noticia. El 16 de julio de 1944, es el St. Petersburg Times, que titula, «¿Puede escapar Hitler?»:

Altos oficiales del gobierno han predicho la pasada noche que a medida que el terror que ahora atenaza Alemania comience a aligerar, Adolf Hitler intentará escapar desde su «Santa Tierra Nazi». ¿Pero a dónde, se preguntan ellos, puede ir Hitler? ¿A qué país podría ir?

En el texto completo del artículo se recogen diferentes declara- ciones de congresistas y senadores recomendando lo que debe ha- cerse con Hitler una vez acabada la guerra. El 18 de septiembre, la United Press desde su oficina de Londres, cita a funcionarios finlan- deses quienes habían visitado Berlín y que habían tenido contacto con altos oficiales del Estado Mayor del Ejército alemán:

[…] que Adolf Hitler tiene preparado un submarino capaz de al- canzar Japón, «si y cuando Alemania colapse». […] El submarino, equipado como un barco de pasajeros, estaría en Gdynia, en la costa Báltica.

El 28 de septiembre de 1944, el diario The Free Lance Star titula «Se busca prevenir la evasión de Hitler». En el artículo se destaca la clara advertencia del secretario de Estado Cordell Hull a las na- ciones neutrales afirmando que estas perderán la amistad america- na si dan santuario a Hitler o a otros líderes del Eje después de la guerra.

«Altos funcionarios predicen que Hitler intentará escapar ante el avance aliado», St. Petersburg Times, 16 de julio de 1944.

«Declaraciones sobre el plan de Hitler para escapar en un submarino», United Press, 18 de septiembre de 1944.

 Las advertencias estadounidenses van dirigidas prin- cipalmente a Suecia, Turquía, Suiza y España, «aunque ninguna de ellas ha dado seguridad de que no permitirán a nacionales del Eje volar dentro de sus fronteras o que sean plenamente conscientes de los problemas que dicha acción podría provocar». Nuevamente, el 2 de octubre de 1944, vuelve a hacerse pública la historia de la posible evasión de Hitler en un submarino estacionado en Gdynia, al norte del puerto de Gdansk. El diario Ellensburg Daily Record publica un artículo el 2 de octubre de 1944 titulado «¿Puede escapar Hitler?». Al parecer, el rumor del submarino en el que supuestamente huiría el Führer habría partido de una fuente en Suecia:

El submarino de 1.200 toneladas de capacidad, quizás podría navegar 20.000 millas con reabastecimiento. […] Vastos almacenes de oro están siendo preparados para embarcar. Se cree que pararía en Argentina y otros puntos en la ruta hacia el destino final que, se- gún los informes, no hay duda de que sería Japón.

El barco se habría construido en los astilleros de Gydnia. […] El co- mandante sería el héroe de los sub- marinos alemanes, el teniente Lüth, el único marino que tiene la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro con Hojas de Roble y Diamantes.

El artículo hace referencia a Wolfgang Lüth, uno de los co- mandantes de la flota de U-Boot más condecorados de la guerra. Justo en esos días, en marzo de 1943, el U-181 al mando de Lüth dejó el puerto de Burdeos con el fin de patrullar en el norte de África y en el océano Índico. A pesar de las dificultades el U-181, tras 205 días de patrulla, consiguió hun- dir a una decena de barcos (45.331 toneladas en total) y su coman- dante se convirtió en el primer miembro de la Kriegsmarine en reci- bir la más alta condecoración del ejército alemán. Misteriosamente a principios del año 1944, fue retirado del servicio activo y enviado como instructor a la escuela de la Marina, o Marineschule, en Flens- burg-Mürwik, el lugar donde se preparaba a los futuros oficiales de la Kriegsmarine.

El 31 de octubre de 1944, el diario St. Petersburg Times se hace eco, en un breve, de las declaraciones del comandante Werner Ben- der, con respecto a la posibilidad de que Hitler pudiera escapar en un submarino. Bender aseguró ante un pequeño auditorio en la Academia Naval nazi en Dinamarca que «la Marina alemana organizará para Adolf Hitler su fuga en submarino cuando llegue la derro- ta final».

Wolfgang Lüth moriría en un trágico accidente el 13 de mayo de 1945, ya acabada la guerra, cuando un centinela no reconoció al oficial y le disparó en la cabeza matándolo en el acto. El oficial de U-Boot no pudo llevar a cabo la misión para la que supuestamente le habrían preparado: trasladar a Hitler hasta Argentina o Japón.

«Se busca prevenir la fuga de Hit- ler», The Free Lance Star, 28 de sep- tiembre de 1944.

«¿Puede escapar Hitler?», Ellesburg Daily Record, 2 de octubre de 1944.

Si un día fuera realmente necesario que nuestro Führer saliera de Alemania sería con la Marina de Guerra alemana que conoce los océanos del mundo y tiene bases U-boot y escondites en los mares más remotos.

«Un comandante dice que Hitler escapó en un submarino», St. Petersburg Times, 31 de octubre de 1944.

Al parecer la declaración de Bender fue realizada realmente a finales de 1943 y recogida por la prensa un año después. El capitán Werner Bender moriría el 4 de octubre de 1943 cuando su submarino, el U-841, fue hundido a la altura de Cape Farewell, al sur de Groenlandia, tras el ataque con cargas de profundidad lanzadas por la fragata británica HMS Byard.

Terrible realidad sería que el hombre que provocó la muerte de millones de seres humanos pudiera haber escapado junto a su mujer Eva Braun de la justicia y hubiese pasado sus últimos días en la tranquila Argentina junto a su se- gundo, el Reichsleiter Martin Bormann y al jefe de la Gestapo Heinrich Müller, conocido como «Gestapo Müller». Basándonos en evidencias documentales que demostrarían que, tanto Estados Unidos con la Operación Paperclip, como Gran Bretaña con la Operación Epsilon, facilitaron la huida de criminales de guerra hacia ambos países, no sería del todo disparatado afirmar que algún servicio de inteligencia aliado hubiera preferido cerrar ojos y oídos ante la «conocida» evasión de Hitler. Incluso en esta operación de maquillaje habría participado el aclamado historiador y antiguo miembro de la inteligencia británica Hugh Trevor-Roper, quien escribiría en 1947 un libro basado en su informe titulado Los últimos días de Hitler. Trevor-Roper insiste en que Hitler se suicidó en el búnker el 30 de abril de 1945 y en base a esta historia las potencias aliadas aceptaron el debate sin hacer preguntas y de esta forma se difundió a la opi- nión pública. Para las potencias occidentales ganadoras en la gue- rra debía cumplirse a rajatabla lo escrito por George Orwell en su obra 1984, «Quien controla el pasado controla el futuro».

Hugh R. Trevor-Roper, Los últimos días de Hitler, José Janés Editor, Barcelo- na, 1949.

El historiador —el mismo que certificó junto a Eberhard Jäckel y Gerhard Weinberg, que eran auténticos los famosos Diarios de Hitler en 1983 y que resultaron ser falsos— basaba sus datos sobre los últimos momentos de la vida del Führer en una entrevista que tuvo con la aviadora Hanna Reitsch, la piloto favorita de Hitler. En 1958, la propia Reitsch declararía no co- nocer de nada a Trevor-Roper, y mucho menos haber hablado con él sobre lo que aconteció en el interior del búnker, durante el asedio y caída de Berlín. Trevor-Roper

Hugh Trevor-Roper, historiador y espía, ayudó a crear el mito del suicidio de Hitler en el búnker sin prueba alguna

tampoco tuvo acceso a los alemanes, civiles o militares, que permanecieron en el búnker de la Cancillería hasta el último momento. Unos se habían suicidado, otros habían desaparecido entre los millones de refugiados que circulaban sin rumbo fijo por Europa, otros habían sido capturados por los soviéticos y trasladados a la Unión Soviética y otros sencillamente murieron pocos días después del fin de la guerra. Hugh Trevor-Roper tan solo pudo acceder a las transcripciones de los interrogatorios llevados a cabo por la contrainteligencia estadounidense a los funcionarios de la Cancillería, miembros de las SS y círculo cercano al Führer que se encontraban en el búnker. El único inquilino al que tuvo acceso directo fue a Erich Kempka, el chófer de Hitler, y este ni siquiera estaba en el interior del búnker en el momento del supuesto suicidio de Hitler y Eva Braun.

El historiador británico no pudo ver ninguna imagen de Hitler y Eva Braun muertos sencillamente porque no había ninguna, tampo- co pudo estudiar el lugar de los hechos debido a que cuando Trevor- Roper pudo entrar en el búnker, este estaba completamente inunda- do. Tampoco pudo leer ni peritajes del lugar del entierro o cremación, ni ningún parte médico porque no se realizaron y mucho menos autopsias. Los testamentos, tanto el personal como el político, aparecieron en el mes de diciembre de 1945, un mes después de que Trevor-Roper hiciera públicos los resultados de su investigación. Los estudios sobre el lugar de cremación fueron realizados por los soviéticos y, por supuesto, no dieron a Trevor-Roper acceso a ellos.

Con el paso de los años muchos investigadores e incluso presti- giosos historiadores han puesto en duda la investigación de Hugh Trevor-Roper. Después de su grave error al certificar como auténti- cos los falsos Diarios de Hitler, sus críticos le bautizaron con el apo- do de Lord Faker (que significa Lord Falsificador), haciendo un juego de palabras con el título que le concedió la reina Isabel en 1979, Barón Dacre de Glanton, ya que, en inglés, Dacre se pronun- cia igual que Faker. La revista satírica Private Eye le bautizó como Hugh Very-Ropey (Hugh Muy-Chungo). Con respecto a los Diarios de Hitler, Trevor-Roper dijo tan solo que «había cometido un pe- queño error». En base a esto, muchos se preguntaban, ¿no pudo haber cometido un «pequeño error» al certificar la muerte de Hitler y Eva Braun en el búnker aquel 30 de abril de 1945?

Existen muchas descripciones sobre los días finales de Hitler, pero todas ellas giraban ya en torno a la versión «oficial» de Trevor-Roper. Por ejemplo, el famoso libro escrito por James O’Donnell y titulado The Bunker, o el de Joachim Fest titulado El Hundimiento calcan minuto a minuto los últimos minutos de la vida de Hitler tal y como lo contó Trevor-Roper, pero sin presentar prueba alguna de que los hechos que relatan sucedieran así. Entre julio y agosto de 1945 personajes como Stalin, Eisenhower o Zhukov pusieron en duda la muerte de Hitler en distintas declaraciones públicas.

Lo cierto es que mucha gente me pregunta por qué el Mossad no tomó medidas en su búsqueda de Hitler o Martin Bormann al igual que hicieron con Adolf Eichmann (secuestrado en mayo de 1960) o Herberts Cukurs (asesinado en febrero de 1965). En aquellos años, Israel se enfrentaba a serias amenazas territoriales que desemboca- ron en la Guerra de los Seis Días y sus agentes de inteligencia no tenían ya tiempo para ocuparse de buscar nazis por Sudamérica. La supervivencia del Estado era ahora su máxima prioridad. «Nuestros enemigos eran ahora otros», me dijo un día un antiguo oficial del Mossad cuando le pregunté al respecto.

El gobierno democrático alemán liderado por el canciller Konrad Adenauer tampoco tenía demasiado interés en revol- ver el avispero nazi en Sudamérica y mucho menos tras el secuestro y posterior traslado a Israel del Obersturmbannführer Adolf Eichmann. Durante el jui- cio de este en Jerusalén, el res- ponsable de la Solución Final en Europa citó el nombre de Hans Globke,

Hans Globke, nazi antisemita, se convirtió en asesor de Adenauer

que en ese momento era el jefe de gabinete del propio Adenauer. Globke era el funcionario que en noviembre de 1932, dos meses antes de la llegada de Hitler al poder, instauró un conjunto de normas para hacer más difícil para los alemanes de Prusia de ascendencia judía cambiar sus apellidos por otros menos reconocibles. También ayudó a formular la ley de 1933, que dio a Adolf Hitler poderes dictatoriales en toda Alemania. El amigo y estrecho colaborador de Adenauer era coautor del comentario jurídico sobre la llamada Ley de Ciudadanía del Reich, una de las leyes de Núremberg que introdujo el Partido Nazi en septiembre de 1935, y que revocaba la ciudadanía alemana a los ju- díos. En 1938, Globke fue nombrado director adjunto del Departa- mento de Asuntos Judíos en el Ministerio del Interior, debido a sus «extraordinarios esfuerzos en la redacción de la ley para la Protec- ción de la Sangre Alemana». El 25 de abril de 1938, el ayudante de Konrad Adenauer fue elogiado por el ministro del Interior del Reich, Wilhelm Frick, ahorcado en Núremberg en 1946, alegando que Globke «era el funcionario más capaz y eficiente en mi ministe- rio» a la hora de redactar las leyes antisemitas. Lo cierto es que des- pués de la guerra Globke, al igual que muchos otros nazis, pasó desapercibido y, en su caso, fue por el odio que sentía Martin Bor- mann por él. Su solicitud para afiliarse al Partido Nacionalsocialista fue rechazada el 24 de octubre 1940 por el propio Bormann, debido a la antigua pertenencia de Globke al partido católico Zentrum, de ahí que su nombre no apareciera en los archivos del partido incau- tados por las autoridades aliadas. Por no citar el caso de muchos nazis a los que se permitió entrar a formar parte de la llamada «Or- ganización Gehlen», que se convertiría en el núcleo fundacional del BND, el actual servicio de inteligencia alemán.

Con este escenario, no cabe la menor duda de que Adolf Hitler, Martin Bormann o Heinrich Müller bien podrían haber sobrevivido ocultos y protegidos por el régimen de Juan Domingo Perón en el lejano paraíso argentino. «En 1945, en Argentina, cualquier cosa era posible», declaró Aníbal Fernández, ministro de Justicia entre 2007 y 2009, con respecto a la posibilidad de que Hitler y otros jerarcas nazis pudieran haber desembarcado en las costas de su país.

Este libro puede que contenga un 33 por ciento de verdad, un 33 por ciento de leyenda y un 33 por ciento de ficción, pero sin duda alguna lo he escrito basándome en documentos «originales» de entidades oficiales de los gobiernos estadounidense, británico, ruso y argentino. Otra cosa que también conviene que el lector sepa es que en muchas ocasiones esos documentos que conformarían montañas de evidencias hacia un lado u otro, hacia una versión u otra, pueden haber sido sustituidos por otros falsos con el fin de proteger una campaña de propaganda o sencillamente perseguir un fin político. Nadie puede saberlo.

Este libro no pretende demostrar fehacientemente que Hitler y su esposa consiguieron huir de un Berlín cercado por las tropas so- viéticas, como tampoco otros han podido demostrar fehacientemen- te que Hitler se suicidase en el interior del búnker de la Cancillería el 30 de abril de 1945, a las 15:30. Este libro lo único que pretende es presentar ciertas dudas al lector y que le obligue a plantearse que la «verdad enciclopédica» a la que se refería Umberto Eco no siem- pre es la «verdad absoluta» y en el caso del supuesto suicidio de Hitler puede que esta regla absoluta no se cumpla absolutamente.

¿Hitler en Colombia?: «Los nazis se podían mover con impunidad en América Latina»

© Sputnik/ noviembre 2017.

Increíble pero cierto. Un documento desclasificado de la CIA apunta a la presencia de Hitler en Colombia en 1954. Sputnik consultó a Abel Basti, autor de numerosos libros sobre la presencia del dictador alemán en Sudamérica, para preguntarle sobre la veracidad de estas recientes informaciones. Según una fotografía obtenida por un informante de la CIA, en 1954 el canciller del Tercer Reich se encontraba en Tunja, Colombia. En un informe secreto, la estación admite que no están en condiciones de dar «una evaluación inteligente» de la información, pero considera que puede ser «de posible interés». Desde Maracaibo (Venezuela), el agente Cimelody-3 fue contactado por un amigo cercano, antiguo soldado nazi, quien le comentó sobre la presencia de Adolf Hitler en Colombia.

Tercera página del informe desclasificado de la CIA sobre la presencia de Adolf Hitler en Colombia, con la foto que acredita su supuesto viaje. «El amigo de Cimelody-3 informó que a finales de septiembre de 1955 Phillip Citroen, un antiguo soldado de las SS, le dijo de manera confidencial que Adolf Hitler estaba vivo todavía. Citroen afirmó que contactaba a Hitler una vez por mes en Colombia, en sus viajes desde Maracaibo a ese país como empleado de la naviera holandesa KNSM», consta en el informe.

© AP Photo/ Natacha Pisarenko

Citroen se había tomado una foto hacía poco tiempo con él aunque el presunto Hitler se habría ido de Colombia en 1955. El amigo de Cimelody-3 robó disimuladamente la imagen de Citroen y se la mostró al informante para pedirle una opinión sobre su veracidad. Éste la llevó a la estación de inteligencia de la CIA, que la transmitió, junto con los datos que constaban detrás: «Adolf Schrittelmayor, Tunga, Colombia, 1954». Fue devuelta al dueño el siguiente día.

Abel Basti, autor de ‘Tras los pasos de Hitler’, quien se ha dedicado a documentar la supuesta presencia del líder nazi en Argentina y otros países de América del Sur, comentó a Sputnik que había incluido en sus obras la foto de Citroen. «Lo nuevo es que el Gobierno de EEUU subió esos documentos a la red», dijo el investigador. Agregó que el viaje, de acuerdo con sus datos, se extendió de 1954 a 1955, según consta en ese y otros documentos, lo que coincide con testimonios sobre su regreso a Bariloche (Argentina) en 1955.

CCO: Segunda página del informe desclasificado de la CIA sobre la presencia de Adolf Hitler en Colombia

«Es un viaje que él emprende desde Argentina pasando previamente por Perú, antes de llegar a Colombia. Estamos en 1954. Si uno agarra el mapa político de época va a ver que hay gobiernos militares en Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Colombia y en Venezuela. Y los países que no tienen gobiernos militares en poco tiempo los van a tener, así que para esos años la derecha política internacional había instaurado regímenes afines a la ideología nazi y los nazis se podían mover con cierta impunidad», dijo el periodista.

© Foto: Fuerza Aérea Argentina

Haciendo uso de varias identidades, con varios pasaportes falsos y documentos apócrifos, los oficiales del Tercer Reich se desplazaban a su antojo. En este caso, Hitler usaba el alias de Adolf Schrittelmayor, observó el periodista. Tunja, la capital del departamento colombiano en Boyacá, «era el centro intelectual de los nazis en Colombia». Por ejemplo, Julius Sieber, rector y fundador de la Universidad Pedagógica de Colombia por aquel entonces, había formado parte del Tercer Reich y «era un intelectual muy potente, amigo de Hitler». En la guerra, estuvo dos años como prisionero en un campo aliado.

CCO: Primera página del informe desclasificado de la CIA sobre la presencia de Adolf Hitler en Colombia

«En Tunja, el primer acto de Sieber cuando es nombrado rector es instaurar el águila que usaban los nazis en el escudo de la universidad y convocar desde Alemania a profesores de su misma ideología», dijo Basti. Sieber además era dueño de la Pensión San José en Bogotá, a 160 kilómetros de Tunja. En ese establecimiento «se hacían las reuniones de los nazis» de la capital colombiana. Pero Tunja, con sus lugares de difícil acceso y una presencia alemana que databa del siglo XIX, eran un refugio ideal para aquellos «que tenían alguna razón» de estar aislados.

Basti está preparando ‘Hitler en Colombia’, un libro que investiga en profundidad la huella del criminal de guerra en el país cafetero. El periodista resaltó en diálogo con Sputnik que el presidente de la Academia Boyacense de Historia, Javier Ocampo López, doctorado en México y con más de 100 libros publicados, respalda la posibilidad que introduce la foto. «Recuerdo que en 1957, cuando vine a estudiar a Tunja (…) se hablaba de que Hitler estuvo aquí con Sieber, su amigo», dijo el historiador colombiano en entrevista con Radio Caraco. Además dijo que «no hay duda» de la verosimilitud de la foto revelada.

Consultado sobre por qué Hitler no corrió la misma suerte que Adolf Eichmann —ideólogo del asesinato de millones de judíos en campos de exterminio, refugiado en Argentina con una identidad falsa, secuestrado por agentes israelíes en 1960, y juzgado y ejecutado—, Basti consideró que «había pactos y complicidades» con «aristas no solo políticas sino también financieras». «Estamos conociendo solamente la parte más superficial de la historia, que es la que interesa a los sectores de poder internacional. En realidad el escape de Hitler es conocido por todos los servicios secretos del mundo. Así lo demuestran los archivos desclasificados. Lo que no nos han mostrado son los pactos y la trama de complicidades entre esos sectores», opinó Basti.

Según el investigador, los servicios secretos alemanes, «que trabajaban en conjunto con los israelíes», sabían no solo el lugar de destino sino también la identidad falsa que había adoptado Eichmann, «pero no hubo decisión política de atraparlo sino hasta los años 60».

Sputnik también preguntó a Basti qué opina sobre la versión que afirma que el dictador se suicidó en su búnker en Berlín, ante la inminente llegada del Ejército Rojo. «Si uno se atiene rigurosamente a la historia oficial, la Alemania de posguerra no lo declara muerto a Hitler. Al no tener cadáver o elementos de prueba, el estatus de Hitler, por lo menos diez años después de haber escapado, es el de una persona viva. La declaración de muerte que hace Alemania de Hitler en 1955 es de presunción del fallecimiento», respondió.

«Tenemos paquetes de documentación desclasificada del FBI y de la CIA que dan cuenta de un Hitler de posguerra en Sudamérica. En tiempos tan recientes como 1952 o más cercanos a esta fecha, el presidente de EEUU Eisenhower dice que no hay ningún elemento de prueba de que Hitler haya muerto en el búnker de Berlín«, concluyó el periodista.

‘Persiguiendo a Hitler’ confirma que el Führer no murió en el búnker

En la conferencia que tuvo lugar el 17 de julio de 1945, Stalin comentó a los demás líderes que creía que Hitler había escapado.

En 2009, el FBI realizó un análisis de ADN a los restos que se encontraron en el búnker donde se suicidaron Hitler y su esposa Eva Braun. Las pruebas confirman que los restos pertenecen a una mujer. Nadie pudo identificar los cadáveres porque estaban tapados con mantas. Lenny DePaul, ex Marshall de Estados Unidos, comienza una investigación en Berlín para determinar si Hitler podría haber fingido su muerte. El caso es que no encuentran ninguna evidencia sobre la muerte del dictador, puesto que ni siquiera las personas que estuvieron en la recogida de los cadáveres, pudieron identificar los cuerpos al estar cubiertos por una manta.                                 J. Edgar Hoover: «No hay ninguna fuente fiable que pueda decir que Hitler está muerto».

A principios de 2014, el FBI desclasificó cerca de ochocientos documentos confidenciales que muestran que es posible que Hitler no se suicidara y escapara a Sudamérica después de la caída de Alemania tras la guerra. Una nota del propio J. Edgar Hoover afirmaba: «Oficiales del ejército estadounidense en Alemania no han localizado el cuerpo de Hitler ni hay ninguna fuente fiable que pueda decir, sin dudar, que Hitler esté muerto.»

Descubren un túnel que conecta el búnker de Hitler con el aeropuerto

Bob Baer y el Dr. John Cencich continúan su investigación sobre la supuesta muerte de Adolf Hitler mediante el envío de equipos en tres países: Alemania, España y Argentina. Lenny DePaul y Sascha Keil encuentran un túnel que conduce desde el búnker de Hitler directamente al aeropuerto de Tempelhof, donde el avión personal de Hitler le esperaba. Tim Kennedy se une a un equipo de arqueólogos marinos de élite para buscar un posible submarino alemán frente a la costa de Argentina.    

 Los investigadores buscan pistas en España. Lenny DePaul y Gerrard Williams siguen en Canarias, donde descubren varios túneles secretos a través de los cuales se pasaban armas y material médico en caso de ser necesarios en un supuesto viaje de Hitler a Sudamérica. Según la investigación va avanzando en Argentina, Tim Kennedy se infiltra en una ciudad conocida por haber acogido a nazis tras la guerra. Gerrard, por su parte, descubre una mansión aislada que pudo haber acogido a Hitler.

El resultado de la búsqueda del avión de Hitler es demoledor

Bob Baer y el Dr. John Cencich aterrizan en Sudamérica para investigar los posibles intentos de Hitler de regresar al poder con la ayuda de sus ricos simpatizantes en Brasil y Argentina.                                                            Por otra parte, uno de los archivos del FBI sitúa a Hitler en Colombia tras bajarse de un avión. Bob y John identifican el pantano donde se cree que se escondió dicho avión y hacen uso de un modernísimo sónar para localizarlo.

Ayudados por la tecnología más avanzada y nunca utilizada hasta el momento, y basándose en los archivos que acaba de desclasificar el FBI, el equipo investigará a fondo este caso siguiendo pistas por diferentes partes del mundo: Argentina, Colombia, Brasil e, incluso, España.

Bob Baer y el Dr. Cencich investigan si Adolf Hitler pudo escapar de Berlín durante el estado de sitio. El investigador Steven Rambam y el historiador Gerrard Williams se unen a Tim Kennedy para investigar en el lugar que el FBI dice que Hitler utilizó para desembarcar de un submarino en Argentina..

Tim Kennedy, de las Fuerzas Especiales del Ejército de Estados Unidos, se une a los arqueólogos Philip Kiernan y Daniel Schávelzon para explorar un misterioso complejo nazi en la selva de Argentina. El sitio con tres edificios, esconde un tesoro de artefactos nazis, así como una estructura de opulencia sin explicación.

Bob Baer y el Dr. John Cencich destapan posibles movimientos de Hitler en Argentina, donde una anciana confirma que Hitler «estuvo ahí después de la Segunda Guerra Mundial». Esto supone la confirmación de que Hitler no murió en el búnker.

A raíz de algunos de los archivos desclasificados del FBI, Bob Baer y el Dr. John Cencich destapan posibles movimientos de Hitler en Argentina, donde podría haber operado a través de uno de los hoteles más lujosos de la zona, el ya abandonado ‘Hotel Edén’.

El equipo investiga el complejo ya desaparecido y descubre un testigo que sitúa a Hitler en el lugar, así como misteriosos pasadizos ocultos.

Tim Kennedy y Gerrard Williams viajan a un pequeño pueblo costero en Brasil donde los archivos del FBI informaron de que Hitler y Eva Braun asistieron a una función de ballet privada cerca de una torre de comunicaciones de alta tecnología misteriosa.

Bob: «Franco habría perdido la Guerra Civil sin la ayuda de Alemania»

Lenny Williams se une a Gerrard para investigar si Hitler podría haber llegado a España y permanecer escondido con la ayuda de Franco. Numerosas pistas sitúan a Hitler en España meses después de darlo por muerto. Bob Baer y el Dr. John Cencich mandan a Lenny DePaul y Gerrard Williams a España, donde investigan un monasterio ubicado en un lugar remoto que podía haber sido utilizado como escondite para los nazis y encuentran a un testigo que asegura haber visto a Hitler allí. Otras investigaciones llevan al equipo a un misterioso lugar donde solían aterrizar aviones alemanes también en España. El equipo se acerca hasta Canarias, donde descubren túneles utilizados para cargar a los barcos alemanes con torpedos.                                                                                                       Bob Baer: «No hay nada que apoye las historias sobre el búnker de Hitler». Bob Baer, agente veterano de la CIA con más de 20 años de experiencia, ha dedicado su carrera a resolver algunos de los mayores enigmas de la CIA y a rastrear fugitivos como Sadam Husein. Está considerado como uno de los más respetados entre los servicios de inteligencia del mundo.

Lenny Depaul: «Si me demuestras que Hitler se suicidó, me voy a casa» Lenny Depaul, antiguo jefe del mayor grupo de seguimiento de fugitivos en todo el mundo, participó en la investigación para averiguar si Hitler realmente se suicidó, o si por el contrario consiguió escapar. Y para ello, acudió personalmente a un búnker de la época

Juan Carlos Molano Gragerahttp://historiasdemontijo.com
Cuando estudié la carrera de Ciencias Políticas, en la Universidad Complutense, durante los años 1968/72, tuve algunos maestros como Antonio Elorza Domínguez o Juan Trías Vejarano que me enseñaron a investigar en los archivos para elaborar aspectos de nuestra historia. Aquella semilla se fue desarrollando desde finales de los años setenta cuando volví a vivir a Montijo y continúa viva hasta el día de hoy. Espero continuarla hasta que me fallen las fuerzas y la vista. Y me gustaría que se siguiese leyendo después de “pasar a mejor vida”.

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Cuando estudié la carrera de Ciencias Políticas, en la Universidad Complutense, durante los años 1968/72, tuve algunos maestros como Antonio Elorza Domínguez o Juan Trías Vejarano que me enseñaron a investigar en los archivos para elaborar aspectos de nuestra historia. Aquella semilla se fue desarrollando desde finales de los años setenta cuando volví a vivir a Montijo y continúa viva hasta el día de hoy. Espero continuarla hasta que me fallen las fuerzas y la vista. Y me gustaría que se siguiese leyendo después de “pasar a mejor vida”.

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